La festividad del Corpus Chrsiti fue una de las más relevantes en la España de la Edad Moderna y la función eucarística por excelencia. Los preparativos de la celebración y procesión del Corpus se hacían cuidando cada detalle: adornos, palios, cruces procesionales, incensarios, flores… (sobre las procesiones del Corpus ver aquí). Asimismo, junto a la indispensable presencia de la música, ocasión para la que se componían nuevas piezas y se hacía uso de todos los instrumentos, alquilándolos sí era necesario, será también muy destacada la presencia de danzas y de los Autos sacramentales. A estos dos aspectos de las fiestas tradicionales del Corpus Christi vamos a dedicar hoy el post.

     Las danzas serán utilizadas como un elemento de carácter ritual, una forma a través de la cual el hombre podía comunicarse con la divinidad. A partir del siglo XVI tendrán un lugar muy destacado en las celebraciones del Corpus, ejecutándose tanto dentro como fuera del templo por parte de los niños seises. Éstos, aunque eran cuatro, recibirán este apelativo en el Colegio y Capilla del Corpus Christi de Valencia, lugar junto a Sevilla donde estas danzas gozarán de mayor popularidad. Pero esta forma de diálogo con Dios no era bien vista por todo el mundo. El Padre Mariana, en su Tratado contra los juegos públicos, será uno de los que más critiquen estas manifestaciones religiosas, así dirá:

«¡Ojalá pudiéramos negar lo que no se pude decir sin vergüenza! Toda esta torpeza haber entrado en los Templos y haberse hecho estos días danzas en las procesiones en las cuales el Santísimo Sacramento se lleva por las calles y por los templos con tal sonada y tales meneos cuales ninguna persona honesta sufriera en el burdel».

Portús, La antigua procesión del Corpus Christi en Madrid, 1993, p.188.

Fernando Tirado y Cardona: “Corpus Christi en Sevilla – La danza de los Seises en la Catedral”. Xilografía colorada a mano hacia 1883. Foto: Wikimedia Commons

     Sin embargo, estas danzas eran totalmente aceptadas por una comunidad que disfrutaba profundamente con ellas. Durante las procesiones se representaban dos tipos diferentes de danzas. Las de sarao, que tenían un carácter más cortesano y ceremonial, y que iban acompañadas por laudes o arpas, y las de cascabel con una filiación más popular y dinámica, y que estaban acompañadas musicalmente por dulzainas y tamboriles. Normalmente se bailaban de cuatro a cinco danzas, alternando entre las de carácter más popular (espadas y gitanos) y las más serias (que eran las de sarao). Los temas más recurrentes en este tipo de danzas eran los bíblicos, religiosos, literarios… Los danzantes con su baile iban significando el hombre interior que debe haber en tan festivo día en cada hombre. El uso de danzas en las fiestas del Corpus sirvió de escaparate para que en muchas otras fiestas también las incorporaran como parte importante de la celebración. Así en las fiestas que se hicieron, en 1622, con motivo de la canonización de san Isidro, san Ignacio de Loyola, san Francisco Javier, santa Teresa de Jesús y san Felipe Neri, un cronista cuenta:

«El día para después de las vísperas, salieron juntas y en alarde público, todas las danças, y inuenciones portátiles de la villa (…) delante yuan en orden atabales y trompetas, bien adornados: seguiase la dança de los Gigantes, vinculado principio a toda fiesta, después dellos, una dança de labradores (…) Continuauase una dança de doze (…) Después venia una dança, de peregrina vista y inuención. (…) Yua luego otra dança de ocho ricamente vestidos, con ropas de brocado carmesí (…)».

Simón Díaz, Relación de actos públicos celebrados en Madrid (1541-1650), 1982, p. 169.

Gustave Doré: Danza de Seieses en la Catedral de Sevilla, 1780.

     Las danzas destacaban por ser un arte con un fuerte carácter narrativo, lo que era muy útil a la hora de intentar comunicarse con las grandes masas de gentes que se reunían alrededor a las procesiones. Eran consideradas además como una de las Artes liberales, y por este motivo los practicantes de éstas se encontraban libres de tener que hacer frente a ciertos impuestos, como el de las alcabalas. Este privilegio lo podemos ver ejemplificado, en un documento que nos informa sobre un tal Diego, al que se le concede la exención de impuestos porque:

«sirve a la Villa de mostrar a danzar a los hijos de los vezinos desta villa y sirve en salir acompañando el Corpus Christi, el día de su fiesta».

Portús, La antigua procesión del Corpus Christi en Madrid, 1993, p. 191.

     Sin embargo, la presencia de danzas y de la música en la procesión del Corpus nunca dejó de estar rodeada de polémica. La presencia de tantos elementos de origen popular y relacionados con el teatro no parecía bien a algunos moralistas. Por este motivo, desde finales del siglo XVIII se sucederán en distintos lugares de España las prohibiciones de danzas, no sólo en la procesión, sino también dentro del templo: en 1777 se prohibió la ejecución de danzas en la catedral del Burgo de Osma; en 1780 se hará lo propio en la procesión del Corpus de Madrid. Así pues, a finales del siglo XVIII, debido a las numerosas críticas, desaparecerán, al igual que las tarascas, gigantes…

Sáenz y Benito: Procesión del Corpus de 1849 en Pamplona. Los danzantes habían desaparecido y tan solo se muestran dos Seises vestidos de ángeles. Ayuntamiento de Pamplona

     Asimismo, la fiesta del Corpus será un punto de encuentro entre religión y teatro, por la teatralidad de la celebración y por la representación de Autos Sacramentales, obras teatrales pensadas para exaltar la devoción del Santísimo Sacramento, y para adoctrinar al pueblo: «(…) sermones/ puestos en verso, en idea/ representable, cuestiones/ de la Sacra Teología». [Calderón de la Barca, Loa para La segunda esposa] En el auto sacramental, la música se vale del halago de los sentidos para conseguir adoctrinar y moralizar al pueblo. Éste quizás no entendía muchos de los conceptos alegóricos y eruditos que en ellos se representaban, pero comprendía a la perfección lo esencial del mensaje.

Alfredo Roque Gameiro: La representación del Auto Sacramental de “La Visitación” ante la Corte del rey Manuel I en Portugal. Foto: Wikimedia Commons.

     En el siglo XVII hablar de autos sacramentales es hablar del auto calderoniano. Calderón eclipsa con su presencia al resto de literatos de su época, excepto a Lope de Vega. En las obras de Calderón de la Barca se hace un recorrido por todos los elementos de la fiesta del Corpus. Se habla tanto del significado del misterio eucarístico, como de los instrumentos que se utilizan en la procesión, danzas, o de las dificultades económicas de la comisión para pagar las fiestas. Hay que tener en cuenta, que en el caso de Madrid, la fiesta corría a cargo del Ayuntamiento. Éste nombraba una comisión, la cual se encargaba de administrar el presupuesto para organizar toda la fiesta del Santísimo Sacramento: toldos, cera, danzas, autos sacramentales, gigantes, tarasca, adornos… En ocasiones esta comisión se encontraba con el problema de no tener suficiente dinero para hacer frente a todos los gastos.

Joaquín Muñoz Morillejo: “Representación del auto sacramental “La Divina Filotea” de D. Pedro Calderón de la Barca ante la Casa Consistorial de Madrid en 1681 / Madrid 1918. Madrid, Museo de Historia.

     En los autos de Calderón la música tuvo un lugar muy destacado, ya que él la consideraba como un “imán de los afectos” y “alimento del alma”. La mayor parte de la música, para los autos calderonianos, fue compuesta por Juan Hidalgo. Las canciones, himnos, oraciones… eran un medio para solicitar la gracia de Dios. La música aparece, pues, como una forma de acercar la divinidad al pueblo, y hacer que éste se sienta cerca de aquella. Calderón para afianzar el aprendizaje de los espectadores, y asegurarse así que las ideas llegaban al público, utilizó la técnica de la pregunta-respuesta, a través de diálogos musicados, en los que seguramente participaría todo el auditorio. He aquí un ejemplo de este tipo de preguntas, y que plantea uno de los misterios de la doctrina:

«Dios por el Hombre encarnó/ y padeció por el Hombre, / y al Hombre en manjar se dio;/ ¿Qué maravilla alcanzó/ de las tres mayor renombre?/».

Calderón de la Barca, La Vida es sueño

Pedro Calderón de la Barca: Autos Sacramentales, Alegóricos y Historiales…

     En el siglo XVIII la desaparición de Calderón y de su habitual colaborador musical, Juan Hidalgo, deja al auto sacramental sin un creador genial. Durante la primera mitad del siglo no se componen apenas nuevos autos y lo habitual será representar los calderonianos, para los que se componían nuevas músicas. Uno de los compositores más destacados en esta actividad fue el Padre Antonio Soler. Habrá que esperar a la segunda mitad del siglo para que resurjan los villancicos representados, que en cualquier caso no llegarán a los niveles que alcanzó el auto calderoniano. Como en tantas otras celebraciones religiosas que incluyeran músicas y cantos, hubo quienes censuraron los Autos por encontrar en ellos elementos demasiado teatrales, y por tanto no dignos de la elevada misión de alabar al Santísimo Sacramento, es por ello que también se dejaron de representar a partir de 1765 cuando se prohibió el género.

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