La historia de la indumentaria siempre ha estado en un segundo plano desde la perspectiva artística, centrada ésta en los grandes maestros como Velázquez, Zurbarán y, por qué no, Maíno, aunque éste ha quedado siempre desplazado pese a su indudable calidad. Su estudio ha sido objeto normalmente de una aproximación histórico-social bastante pobre, obviando el significado identitario que ésta otorgaba en la época. La manera que tenemos de vestir es un signo de distinción del resto de la población; es de una manera la exaltación del yo. Lo mismo sucedía en los albores de la Edad Moderna. Vestir de una forma determinada era sinónimo de unos ideales, de la defensa de un gusto protonacional -que tiene su explosión ya en el siglo XIX- y de distinción sobre del resto de los estamentos. Mucho más si lo enfocamos en el Antiguo Régimen donde la identidad del individuo, sustentada dentro de un grupo, era algo crucial.

     Dentro de la monarquía hispánica del siglo XVII habrá un elemento en el vestuario que le conferirá a ésta una identidad particular, nos referimos a la golilla, que no a la lechuguilla, aunque a veces la gente confunda ambos tipos de cuello. Para aclarar conceptos qué mejor que nutrirnos del arte como fuente gráfica del gusto del momento.

Diego Rodríguez Velázquez y de Silva: Retrato de Felipe IV, 1623. Dallas, Meadows Museum.

     Antes de entrar en materia debemos hacer una aclaración terminológica: la lechuguilla era el cuello que vestían los hombres mientras que la gorguera era el que lucían las mujeres. Estéticamente son muy similares, pero el cuello no es igual ya que el de la mujer llegaba a cubrir parte del pecho. Podríamos hablar incluso de cómo surgen unos y otros, su evolución… pero ese no es el propósito de nuestro tema hoy por muy interesante que sea.

     Lo que no es baladí es que la lechuguilla fue el cuello por excelencia de la segunda mitad del siglo XVI -en Europa y en los territorios americanos que pertenecían a la monarquía hispánica- e, incluso, también de parte del primer cuarto del siglo XVII. Entonces la cuestión es, ¿por qué deja de serlo si era una moda que estaba consolidada? En febrero de 1623, durante el reinado de Felipe IV, fue promulgada mediante la Junta de Reformación una real pragmática por la que se prohibía el uso de dichos cuellos. Esto se debió al excesivo gasto que la población realizaba en su indumentaria. Cuanto mayor era la lechuguilla supuestamente mayor era el rango social del portador. De este modo muchos se empeñaban económicamente para poder transmitir a través de su indumentaria una condición social que no era la suya. Se consideraba que al modificar su apariencia mediante el vestir, se desdibuja así la condición social del individuo.

     Esta no fue una problemática que apareciese de manera radical durante el reinado del rey Planeta, sino que venía sucediendo en épocas pasadas. Así cuando un joven príncipe Carlos, futuro Carlos I, hijo de Felipe I, llega para jurar las Cortes, los procuradores piden que se “guardase[n] las premáticas de estos reinos acerca del traer de los brocados y dorados y plateado filo tirado, y en el traer de la seda [y] se diese orden como conviniese al reino”. De la misma forma para el momento que nos ocupa a nosotros, Sempere y Guarinos recoge allá en el siglo XVIII que “en ningún tiempo se han dado en España providencias más radicales para contener el lujo que en el reinado de Felipe IV”.

Diego Rodríguez de Silva y Velázquez: Retrato de Francisco Pacheco, ca. 1622. Madrid, Museo Nacional del Prado.

     Otro de los elementos que influyó en el cambio de moda y en el abandono de la lechuguilla fue la situación política. La monarquía hispánica, inmersa en la llamada Guerra de los Treinta años (1618-1648), estaba financiando de manera indirecta a los rebeldes flamencos a través de la adquisición de los tremendamente caros cuellos de lechuguilla, que podían llegar al precio de 200 reales de hechura, y cuya conservación anual podía suponer prácticamente la misma suma ya que para evitar su deterioro se utilizaban unos carísimos polvos azules procedentes de Flandes. Con lo que se estaba produciendo el curioso caso de que la moda española financiaba una guerra abierta desde 1618.

Jacob Jordaens: La familia del pintor, 1621-1622. Madrid, Museo Nacional del Prado.

     Así pues, el dispendio excesivo de la sociedad española en su indumentaria y que este gasto estuviera encima financiando a nuestros enemigos estuvo detrás de la pragmática de Felipe IV. El rechazo de las lechuguillas supuso un gran cambio en la indumentaria española del momento. Este cuello que asociamos a lo cortesano y a lo refinado y “que habían supuesto la ruina de más de una familia”, terminará por ser eliminado del vestuario, suponiendo además una clara ruptura con la tradición anterior. En sustitución de la lechuguilla nacerá un nuevo cuello: la golilla. Felipe IV, “no solo como buen legislador hizo la ley, sino que ejemplarmente la cumple” siendo este hecho algo crucial. Al más puro estilo influencier de nuestros días, el rey, máxima autoridad, marcará la manera de vestir de sus súbditos adoptando, tras la promulgación de su pragmática, la golilla dentro de su vestuario.

Juan Bautista Maíno: Detalle de “La recuperación de Bahía de Todos los Santos”, 1634-1635. Madrid, Museo Nacional del Prado.

     Esta golilla fue obra de un sastre de la calle Mayor, próxima a la plaza homónima y principal foco comercial de la villa madrileña, quien utilizó para su fabricación una hechura de cartón y de lino, así como almidón, para otorgar esa forma rígida que la caracterizaba. Muchas veces se ha puesto de manifiesto que su excesiva rigidez fue lo que hizo a los españoles gozar de una mala fama en cuanto a su carácter altivo, debido a la posición que tenían que adoptar dada la incomodidad de la prenda.

     Incluso aunque pueda parecer sacado de una película de comedia, los alguaciles madrileños salieron, tras la promulgación de la real pragmática, con tijeras para cortar todo tipo de cuellos que contravenían lo formulado. Sin embargo, al mes siguiente de ser promulgada, en marzo de 1623, el príncipe de Gales, Carlos Estuardo, aparecía por sorpresa en la Villa de Madrid para casarse con la hermana de Felipe IV, María de Austria. En los festejos realizados con motivo de la llegada del futuro rey inglés se aprecia que la pragmática no terminará siendo respetada.

Juan de la Corte: Fiesta de cañas en la Plaza Mayor de Madrid, ca. 1623. Madrid, Museo de Historia de Madrid.

     De manera que asistimos a una contradicción: ¿cómo se debe vestir ahora? La pragmática terminará cayendo en saco roto y las ansias reformistas de Olivares, que intentaba separar políticamente el periodo de Felipe III del de su sucesor, se verán truncadas. Sin embargo, la costumbre de la golilla será vendida, más allá de las restricciones suntuarias del momento, como una nueva moda.

     La lechuguilla y la golilla pervivirán juntas durante unos años. La lechuguilla como prenda que se enlazaba con los éxitos monárquicos, con una estética vencedora que hacía referencia a los triunfos del reinado de Felipe II. Triunfos a los que Felipe IV se vinculará haciendo uso de la indumentaria negra que le permitía entroncarse con su abuelo Felipe II y con la tradición de la corte borgoñona del siglo XV, y que le separaban de su padre, Felipe III, quien apenas lució el negro hispánico. Sin embargo, en ese intento de generar una estética propia, el recién ascendido al trono propició que se le viera de una forma distinta haciendo uso de la golilla.

     Después de ver cómo esta nueva prenda se instauró en el ideario regio y popular, tenemos una pregunta. ¿Qué es más barroco?: la lechuguilla o la golilla. Depende el caso que tratemos. Para el conjunto hispánico sería más propio decir que la golilla es mucho más barroca que la lechuguilla del XVI y principios del XVII. En el conjunto europeo, y concretamente en Flandes, veremos unos cuellos de lechuguilla muy minuciosos y que, en el contexto de la Guerra de los Treinta Años, buscaban una diferenciación clara del contingente enemigo. Así pues, si eres barroco al más puro estilo español, olvídate de la lechuguilla y ve haciéndote con una golilla, ¿a qué esperas para ponerte una y celebrar el #OrgulloBarroco?

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