La Real Academia de Bellas Artes de San Fernando fue la primera institución oficial de arte en España. Tras varios intentos fallidos por crear una academia y unos años funcionando como Junta Preparatoria, finalmente fue fundada de manera oficial el 12 de abril de 1752. Su sede se estableció en la Casa de la Panadería de la Plaza Mayor de Madrid, pero en 1773 se trasladó al Palacio de Goyeneche en la Calle Alcalá, donde ha permanecido desde entonces.

Antonio Joli: Detalle de la Casa de la Panadería en el cuadro “Vista de la Plaza Mayor de Madrid un día de mercado”. 1749-1754. Óleo sobre lienzo. Caserta (Italia), Palazzo Reale (Reggia di Caserta).

     Uno de los principales motivos de este traslado fue la falta de espacio ante la masiva afluencia de alumnos nuevos que se incorporaban cada año a la institución. Entre todos ellos no había ninguna mujer. La Real Academia fue una institución predominantemente masculina, como en casi todos los casos de la época, y las mujeres no podían acudir a ella como los hombres. Además, aunque hubieran podido hacerlo, tenían vedado el acceso a ciertos tipos de estudio, como la copia del natural.

Vista del Palacio Goyeneche, actual Academia de Bellas Artes de San Fernando.

     Sin embargo, esto no impide que sí podamos encontrar un número llamativo de mujeres que, desde el primer año de su fundación, tuvieron una relación muy destacable con la Real Academia. Para explicar esta aparente paradoja, hay que recordar que, ya desde el siglo XVI, la pintura se contaba entre las enseñanzas que adquirían los nobles, tanto hombres como mujeres, para completar su formación. Esto hizo que ciertas damas pudieran desarrollar sus habilidades artísticas, no desde un punto de vista profesional sino como una afición. Las mujeres no podían ingresar como alumnas en la Real Academia ni podían acceder a puestos de relevancia, pero hubo algunas que lograron ser miembros oficiales por otras vías. Los principales títulos a los que podían acceder las mujeres fueron los de “Académico de Honor”, “Académico de Mérito” y “Académico Supernumerario”.

     Los “Académicos de Honor” no tenían por qué ser artistas. Eran elegidos por el prestigio que podían aportar a la Real Academia. Había personas muy diversas que obtuvieron este reconocimiento. Entre ellas, dos mujeres: María Agustina Azcona y Balanza (1781) y Juana Regis Armendáriz y Samaniego (1791). Aunque no era obligatorio en su condición de honoraria, ambas presentaron dibujos para mostrar su técnica a la Real Academia.

Juana Regis Armendáriz y Samaniego: Estudio de cabeza de ¿Antinoo?, Siglo XVIII, 506x358mm, Madrid, Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

     Otras mujeres disfrutaron simultáneamente los títulos de académica de honor y de mérito. Los “Académicos de Mérito” sí tenían que demostrar sus habilidades artísticas a la Real Academia para obtener esta mención, presentando ante la Junta una muestra de su arte para que esta valorara su habilidad. La mayor parte de las mujeres vinculadas con la Academia durante estos primeros años son académicas de mérito o tuvieron el título compartido con el de honor. De hecho, en sus expedientes constan las obras que presentaron para ser evaluadas. Hoy, dichas obras se encuentran separadas de los expedientes, pero la Real Academia conserva un rico fondo artístico (pinturas, dibujos, etc.) de mujeres académicas.

     Se documentan más de 50 mujeres, fundamentalmente damas, que tuvieron título de mérito o de honor durante el primer siglo de historia de la Real Academia. La mera enumeración de algunos nombres nos da idea de la condición de estas mujeres, patente en sus apellidos: Faraona María Magdalena Olivieri (1759), María Josefa Carón (1761), Ana Gertrudis Urrutia (1769), Francisca Cevallos Guerra (1771), María Luisa Carranque y Bonavía (1773), Isabel de Ezpeleta (1776), Luisa Sanz Cortés Knock (1785), María Lucía Gilabert y Redondo (1790), Anna María Teresa Mengs (1790), María Ramona Palafox Portocarrero (1790), Mariana Sabatini (1790), María Juana Hurtado de Mendoza (1791), María Isabel Borbón (1802), Marcela de Valencia (1805), Rosa Ruiz Prada (1815), Bibiana Michel (1818), Josefa Crespo Aristia (1820), Micaela Fernández Navarrete (1821) o María Josefa Ascargorta (1828). Aunque extensa, la lista (con el año de su nombramiento entre paréntesis) ejemplifica el número de mujeres académicas que hubo en la institución durante esta época. Debemos tener en cuenta que el elenco no incluye ni siquiera a la mitad de todas las mujeres que tuvieron alguno de los dos títulos mencionados.

     Hay que destacar que el primer “Académico de Mérito” en la historia de la institución fue una mujer, Bárbara María de Hueva, cuyo nombramiento, en 1752, aparece ya mencionado en el discurso inaugural que pronunció José Carvajal y Lancaster, Protector de la Real Academia:

“Inmediatamente fe leyó un Memorial de Doña Barbara Hueva, doncella, de edad de 19 años, en que pretendía el titulo de Academica; y para suplir la personal assiftencia á los Estudios, que le impedía la modestia de fu sexo, presentó, por prueba de su aplicación, y habilidad, varios Dibujos, los que halló la Academia tan bien trabajados, que no dudó concederle luego el grado, que solicitaba”

CARVAJAL Y LANCASTER, José, Abertura solemne de la Real Academia (…), Madrid: Casa de Antonio Marín, 1752, p. 16.

     Aunque conservamos pocas noticias sobre esta mujer, ella misma solicitó el título y presentó dibujos de gran calidad, según nos dice la documentación y se confirma en las actas de las primeras juntas.

     En las primeras referencias se la menciona como académica de mérito, pero después se refieren a ella como supernumeraria. Los “Académicos Supernumerarios” eran igual que los de mérito, pero la institución consideraba que su habilidad no era tan destacable y debían mejorarla. La obtención de uno u otro título también podía estar condicionada por el estatus social de la persona. Si alguien pertenecía a una familia importante, sería antes académico de mérito que supernumerario.

     Por tanto, podríamos decir que Bárbara María fue, realmente, el primer “Académico Supernumerario” que tuvo la Real Academia. Además de ella, otras cinco mujeres obtuvieron este título: Ángela Pérez Caballero (1753), Ana Meléndez (1759), María Josefa Ascargorta (1828), María Luisa Marchori (1828) y Petronilla González de Menchaca y San Martín (1830).

     No hubo mujeres escultoras ni arquitectas dentro de la institución. Casi todas las académicas de mérito y supernumerarias recibieron el título por la sección de Pintura, y solo María del Carmen Saiz (académica de mérito en 1816) fue nombrada por la sección del Grabado.

     Estos fueron los principales títulos a los que accedieron las mujeres en la Academia, pero hubo cuatro que fueron nombradas directoras honorarias: Mariana Silva Bazán Sarmiento, duquesa de Huéscar (1766); Mariana Urríes y Pignatelli, marquesa de Estepa (1775); Mariana Waldstein, marquesa de Santa Cruz (1782); y Antonia Lavauguyon, princesa de Listenois (1788). Este título, reservado a artistas de gran calidad, no tenía una función práctica dentro de la institución, era más bien una recompensa honorífica. Aun así, es muy destacable que lo recibieran. Todas ellas fueron también académicas de honor.

     Como hemos visto, en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando hubo académicas de honor, de mérito, supernumerarias y directoras honorarias. Además, hay que citar a la infanta María Francisca de Asís Borbón y Borbón-Parma, que, de manera excepcional, fue nombrada académica de honor, de mérito y, además, consiliaria. El título de “Consiliario” era uno de los más importantes y prestigiosos. Junto al Protector, eran las personas de más relevancia ya que en ellos residía una parte importante del poder administrativo de la institución. El monarca era el encargado de aprobar estos nombramientos y con la infanta no fue una excepción. Es cierto que fue un nombramiento más honorífico que práctico ya que la infanta no tuvo el mismo poder que los demás consiliarios, pero es muy destacable que recibiera este título. Además, María Francisca estuvo directamente relacionada con las Escuelas de dibujo para niñas, que se fundaron en Madrid a principios del siglo XIX en el antiguo convento de la Merced y la calle Fuencarral.

Infanta María Francsica de Braganza: San Pablo ermitaño, 1811. Pastel, 53 x 35 cm. Madrid, Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

     El estatutos social fue un factor determinante para que algunas mujeres obtuvieran el título de directora honoraria y, en el caso de la infanta, de consiliaria, pero todas ellas presentaron obras para demostrar sus habilidades a la Real Academia.

     La última mujer que fue nombrada académica con alguno de los títulos mencionados anteriormente fue Rosario Weiss (1840). A partir de 1846, la Real Academia aprobó unos nuevos Estatutos por los cuales desaparecerían los títulos anteriores y el número de académicos quedaba limitado. Además, la elección de nuevos académicos debía hacerse a través de propuestas realizadas por los propios miembros, por lo que ya no hubo más académicas durante los años siguientes. Hasta 1891 no se nombró una nueva académica: María Alejandrina Anselma Gesler de Lacroix, una pintora que había expuesto en el Salón de París y envió varias fotografías de sus obras a la Real Academia. Tras ser examinadas, se decidió otorgarle el título de académica correspondiente en París. Este título, creado en 1846, estaba reservado para aquellos miembros de la institución que residían fuera de Madrid.

Rosario Weiss: Retrato de Goya, primera mitad del siglo XIX. Óleo sobre lienzo, 93×75 cm. Madrid, Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

     Las líneas anteriores son una pequeña muestra de la investigación que estoy llevando a cabo bajo la dirección de Beatriz Blasco Esquivias en una tesis doctoral sobre la participación de las mujeres en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando durante su primer siglo de historia, aproximadamente. Aunque aquí solo hemos hablado de mujeres académicas, en la tesis doctoral también ahondamos en las que no fueron académicas. Hubo algunas mujeres que, aunque no fueron miembros oficiales de la institución, tuvieron relación con ella. También podemos encontrar viudas, vendedoras y otras cuya participación fue más destacable de lo que se nos ha hecho creer en la historiografía y, en algunos casos, ayudaron a contribuir en aspectos importantes de la institución, como el incremento de sus fondos y patrimonio. Pero esa es otra historia para contar en otro momento…

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