El 4 de abril de 1082, reinando Alfonso VI el Valiente, nacía en Madrid el hombre que varios siglos más tarde sería beatificado y, posteriormente, canonizado como San Isidro Labrador. Isidro había vivido humildemente, como labriego y limpiador de pozos y bodegas, pero siempre se mostró como bienhechor de otros más pobres y más necesitados que él.  De su vida no se saben muchos más datos, excepto que murió alrededor de 1172 y fue sepultado, en el soterramiento ordinario de los pobres, en la Parroquia de San Andrés. Cuarenta años más tarde, en 1212, su cuerpo fue encontrado incorrupto y sus restos se trasladaron al interior del templo, donde fueron colocados en una urna entre los altares de San Andrés y San Pedro.

Anónimo: San Isidro en Gloria, siglo XVIII. Madrid, Museo Nacional del Prado.

     Es a partir de este momento cuando el culto a Isidro empieza a tomar auge en el pueblo de Madrid, favorecido, sobre todo, por diferentes testimonios de curaciones, apariciones y milagros. Su historia prendió enseguida entre las gentes ya que en ella se mezclaba la vida cotidiana, los personajes sencillos y el sentimiento religioso. Pero no sólo el pueblo madrileño abanderará la devoción a Isidro, sino que la monarquía se incorporará rápidamente a su veneración. En 1213 el rey Alfonso VIII, como agradecimiento al Santo por su intervención en la victoria de las Navas de Tolosa levantó una capilla en su honor en la misma iglesia de San Andrés y colocó su cuerpo incorrupto en la llamada arca “mosaica”. Sobre ésta se situaba una talla de madera, revestida de plata, que representaba al Santo.  Esta primera arca en la que reposó el cuerpo del Santo, y que aún hoy se conserva, está constituida, interiormente, por tablones de madera de pino y, el exterior, está cubierta por pergamino estucado y decorado con escenas de la vida de San Isidro.

Arca “mosaica” de San Isidro. ca. 1213. Madera, pergamino y estuco. Madrid, Catedral de la Almudena.

     A partir de este momento la devoción del pueblo fue en aumento. El arzobispo de Toledo admitió su culto público y se instauró un día de festividad en su nombre. En cuanto a los monarcas hispánicos, estos demostraron una fervorosa fe en él y se preocuparon por la conservación, ornato y cuidado de sus restos. Desde Isabel la Católica se practicó la costumbre de que cada vez que las reinas caían enfermas se encomendaran al Santo para su curación.

Francisco Ignacio Ruiz de la Iglesia: Carlos II junto a Mariana de Neoburgo y Mariana de Austria orando ante la Virgen de la Almudena y San Isidro Labrador, ca. 1692. Madrid, Museo de Historia de Madrid.

     Durante años la inmensa veneración que la gente otorgó a Isidro hizo que se propusiera, en diversas ocasiones, ante el Vaticano la Beatificación del Labrador. Por fin el 14 de junio de 1619 el Papa Paulo V declaró Beato a Isidro Labrador, y además se incluyó su nombre en el Martirologio, se determinó que su festividad se celebraría el 15 de mayo y se aprobó su Patronazgo sobre la Villa y Corte. Con motivo de tan glorioso acontecimiento, la Cofradía de San Eloy de los Plateros de Madrid decidió donar un arca de plata para sustituir la vieja de madera de Alfonso VIII. El arca de los Plateros tenía en plata y bronce un valor de más de 16.000 ducados y estaba considerada como “la más bien labrada que se halle en Europa”. Esta arca de grandes dimensiones, tres varas de largo, por dos de alto y dos de ancho, se aseguraba con cuatro cerraduras y dos candados, cuyas llaves eran custodiadas por el Juez Protector y el Cura de San Andrés. En el interior de ésta se situaba una urna, “de madera de pino forrada por dentro de tela de oro y seda con flores de matiz. Por fuera está forrada de damasco carmesí, guarnecida de galones de oro claveteados de bronce. Tiene visagras fuertes y primorosas, con dos cerraduras, todo dorado”; en donde se encontraba el cuerpo del Santo cubierto por un sudario.

Sebastián Herrera Barnuevo: Detalle de la urna que contenía el cuerpo de San Isidro Labrador a mediados del siglo XVII, sacado del Proyecto para el baldaquino en honor al Santo. Madrid, Biblioteca Nacional de España.

     Las fiestas por la beatificación se aprobaron en el pleno del Ayuntamiento de Madrid del día 6 de abril de 1620 y dieron comienzo el 15 de mayo de ese mismo año (sobre los festejos con motivo de su beatificación véase aquí). La persona encargada de la programación de los festejos fue el literato Mira de Amescua, quien dio una relación de todo aquello que debía prevenirse para los nueve días establecidos de conmemoraciones. En este tiempo tuvo lugar una mascarada alegórica del Triunfo de la Verdad a cargo de Gabriel de la Torre y Luis Monzón; una representación teatral en la que se contemplaban los milagros del Santo y la victoria de éste sobre las religiones heréticas que se llamó La Aventura del Castillo de la Perfección; y por último se celebró una gran procesión por las calles de Madrid, ornadas con diferentes altares y arcos triunfales para la ocasión. Para poder transportar cómodamente la pesada arca de plata del Santo, se encargó a Francisco Daza, Maestro de coches, un carro de madera “el qual mouia gente debaxo con un artificio, para que con facilidad se mouiesse a todas partes y la urna fuesse a niuel aunque fuesse el carro questa arriba y questa abaxo”.

Lope de Vega: Portada de la “Justa poética y alabanzas justas que hizo la Insigne Villa de Madrid al binavenurado San Isidro en las Fiestas de su Beatificación”, 1620.

     Tras los espectaculares festejos por la beatificación del Santo se comenzó a trabajar de inmediato en su Canonización. Ésta llegó poco tiempo después, ya que el 12 de marzo de 1622, siendo Pontífice Gregorio XV y rey de España Felipe IV, se canonizaba a San Isidro, juntamente a Santos de gran importancia como Ignacio de Loyola, Francisco Javier, Teresa de Jesús y Felipe Neri. La explosión festiva se quiso que fuera de tal envergadura que se retrasó hasta el 19 de junio para dar tiempo a los preparativos. La Villa encargó las trazas y programa a Don Francisco de Acuña y Silva, por cuyo trabajo percibió 300 ducados. Los festejos incluían actos de carácter religioso, como misas, vísperas y una gran procesión; alegóricos, como distintas comedias y autos; y espectáculos de mero asueto para el pueblo, como juegos de cañas, corridas de toros, gigantes, danzas, fuegos artificiales… Para vestir todos estos acontecimientos se engalanó la ciudad como si de un gran decorado se tratase, en ella se colocaron ocho grandes pirámides diseñadas por Juan Gómez de Mora y realizadas por Lorenzo de Salazar, Antonio Herrera y Julio Cesar Semín, tasadas en 4.500 ducados; se creó una huerta y jardín provisionales en la plaza de la Cebada y se pusieron luminarias en diferentes puntos de la ciudad. Pese a lo espectacular de estos festejos no se conserva desafortuadamente ninguna imagen de ellos.

     La canonización de San Isidro Labrador y las posteriores celebraciones hicieron que gran número de autores se interesaran en dar a conocer al público la vida y milagros del Santo. Será a partir de ahora cuando surja gran cantidad de literatura inspirada en el Santo y que hará que su nombre y fama se propague por toda Europa. Dada la importancia y el calado popular que alcanzó el Patrono de Madrid, la Villa suplicó al rey Felipe IV la edificación de una nueva capilla, que acogiera las reliquias y resultara de mayor envergadura y riqueza. Ya en 1535 se había inaugurado nueva capilla para conservar las reliquias de San Isidro bajo el patronazgo de Francisco de Vargas. Esta es la conocida popularmente como Capilla del Obispo, pero en ella el arca de San Isidro no permaneció más que veinte años, hasta 1555, debido a desavenencias entre el clero de la Parroquia de San Andrés y los Capellanes de la Capilla del Obispo.

Exterior de la Capilla del Obispo. Foto: Arte en Madrid.

     Desde entonces el cuerpo del Santo siguió depositado en San Andrés. El 24 de agosto de 1657 S.M. Felipe IV accedió a la creación de una nueva capilla en honor al labriego y ordenó su construcción (sobre la capilla ver aquí y aquí). La primera piedra fue colocada el 12 de abril de 1657 con asistencia del monarca Felipe IV y se inauguró el 17 de abril de 1669 ante la presencia de Carlos II, que la declaró de Real Patronato. Las trazas fueron dadas por Fray Diego de Madrid, dirigiéndose las obras por los arquitectos José de Villareal, primero, y tras el fallecimiento de éste por Sebastián Herrera Barnuevo. Con esta capilla se pretendía crear un espacio que transmitiera un mensaje emocional. Se buscaba conmover a las masas a través de la magnificencia de materiales, el colorido y los juegos de luz, y generar, con todo ello, una escenografía ilusoria que exaltara las pasiones religiosas del fiel a nuevas cimas de fervor y entusiasmo. Por todo ello no se reparó en gastos y la arquitectura se recubrió de mármoles, jaspes, bronces…; y para la decoración del templo se contó con los pintores más importantes del momento: Francisco Rizi, Juan Carreño, Alonso del Arco… quienes pintaron algunos de sus mejores lienzos.

Alonso del Arco, atribuido a: San Isidro y Santa María de la Cabeza, ca. 1676. Madrid, Museo de San Isidro.

Ceciclio Pizarro Librado: Capilla de San Isidro en la Igleisa de San Andrés en Madrid, ca. 1851. Madrid, Museo Nacional del Prado.

     El punto central de la capilla debía ser un baldaquino, de líneas puramente barrocas, para el que presentó diseños Sebastián Herrera Barnuevo (sobre el baldaquino ver aquí). Éste tenía la importante misión de ensalzar el arca que contenía las reliquias de San Isidro, al mismo tiempo que impresionar, motivar a los fieles y potenciar su devoción. Un objetivo que se cumplió ya que san Isidro pasados los siglos sigue siendo el santo patrono de la ciudad de Madrid.

Sebastián Herrera Barnuevo: Proyecto para el baldaquino de San Isidro, 1659. Madrid, Biblioteca Nacional.

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