Dijo Chueca Goitia que existió una escuela renacentista abulense a la que no se ha prestado la debida atención y que verdaderamente se la merece por su purismo, por constituir un enlace interesante entre el arte toledano de Covarrubias, ya depurado, y las sequedades escurialenses, y por reunir un notable conjunto de pequeñas obras de gran unidad e indudable belleza. Lo de “escuela” puede resultar algo impreciso como veremos más adelante y, aunque el término “purismo” adquirió cierta fortuna, quizá sea más apropiado hablar de “manierismo serliano” pero, a pesar de ello, no cabe duda de que Chueca tuvo una magnífica intuición y, aunque apenas nos dé unas pinceladas sobre este grupo, puso de relieve el vacío historiográfico que había en torno a éste que, aunque deudor del foco toledano, logró erigirse con un carácter propio digno de atención; es por esto que, desde el título, homenajeamos la apreciación del arquitecto e historiador del arte.

Portada del tomo XI de la colección ARS HISPANIAE: Arquitectura del siglo XVI, por Fernando Chueca Goitia en 1953. Aunque superado por publicaciones posteriores este libro es un clásico de la historiografía artística española.

          Se piensa que a Ávila va a llegar en la segunda mitad del siglo XVI la lección purista toledana de Covarrubias (ver aquí) a través de la figura de Pedro de Tolosa quien se habría formado allí y, habiendo adquirido cierta reputación, el trabajo le llevó a territorios más septentrionales. Si atendemos al contexto abulense (ver aquí), este estilo desornamentado casará perfectamente con el carácter de la ciudad y pronto empezará a propagarse, sobre todo en forma de pórticos (al no haber mucha demanda de obras de nueva planta) que, junto con las obras de la primera mitad de siglo, harán cierta esa afirmación de Azorín de que “Ávila es, entre todas las ciudades españolas, la más del siglo XVI”.

          Gracias a estudios como los de Mª Teresa y Mª Isabel López Fernández, entre otros, se han podido esclarecer muchas de las lagunas que señalaba Chueca y, aunque la figura de Tolosa destaque entre las demás por su importancia, pues llegaría a ser maestro de obras real y aparejador en El Escorial, conocemos hoy bastante mejor el panorama constructivo abulense y a muchos de sus artífices.

          Es complicado de todos modos establecer autorías, al menos de una forma integral, ya que muchas son intervenciones en obras previas, en otras trabajan varios a la vez, a veces sólo se conserva la tasación firmada por un maestro, otras sólo la carta de obligación de los que la van a ejecutar… Sin embargo, esta habitual cooperación en las intervenciones junto a las buenas relaciones entre los maestros y canteros abulenses (laborales e incluso familiares) explica el estilo unitario que se puede observar en la ciudad y en su foco de irradiación donde las obras de este periodo comparten un mismo lenguaje y, dentro de éste, presentan unas pequeñas variaciones estirando las posibilidades de su léxico, jugando con la ordenación y la disposición de los elementos, creando así obras únicas pero hermanadas.

          Empecemos por uno de los hitos más emblemáticos: la capilla de Nuestra Señora de la Anunciación o de Mosén Rubí de Bracamonte. Jesús M. Parrado del Olmo sacó a la luz que, en la primera mitad de siglo, el encargado de realizar la cabecera fue Juan Campero el viejo, siendo continuada a su muerte por su hijo Juan Campero el mozo. A partir de 1557 empezó una segunda fase de construcción con un claro viraje estilístico que, desde Elías Tormo, se ha asociado a Tolosa por esas concomitancias con el serlianismo toledano, concretamente con obras como el palacio arzobispal. Esta relación se ve respaldada documentalmente con la tasación que haría el maestro en 1559 de la obra llevada a cabo por los maestros Diego y Gabriel Martín, sin llegar a descartarse por ello que la traza pudiera haber sido cosa de Pedro de Tolosa, algo habitual y acorde a su relevancia.

Capilla de Mosén Rubí de Bracamonte. Foto: ávilaconniños.com

          Así, la portada, presenta el uso del orden gigante en unas columnas pareadas lisas con capiteles corintios que no cumplen ninguna función estructural ya que lo único que sujetan son las partes adelantadas de un sobrio entablamento que, a su vez, sujeta unos jarrones decorativos que parafrasean el esquema pareado de las columnas, continuándolas en altura, es decir, que su función es compositiva. El espacio de la puerta lo constituye un arco de medio punto adovelado que presenta un característico almohadillado y que se encuentra flanqueado por unos distintivos espejos convexos ovalados en diagonal.

          En el convento de Santa Catalina el planteamiento es idéntico pero se produce un gran alarde de gestión de los recursos formales, haciendo con lo mismo algo diferente: esta vez tenemos pilastras y no columnas, siendo ahora estriadas y no lisas, y el capitel, que sigue siendo corintio (con idéntico diseño), esta vez, en lugar de ser tridimensional, es plano. El arco, aunque compuesto por dovelas, con una ménsula en forma de “s” en la clave, no presenta almohadillado creando una solución de continuidad a través de una sobria moldura. El entablamento es igualmente sobrio pero sin las protuberancias, siendo esta vez el remate que continúa la trayectoria de la pilastra otra pilastra pero, en esta ocasión, de orden jónico (¿aludiendo quizá a que albergaba una comunidad de monjas al ser el jónico el orden relacionado con lo femenino?) coronadas por flameros más propios del llamado plateresco. Entre medias, sobre el pórtico, en el lugar en el que en la capilla de la Anunciación aparecen los escudos de los benefactores, aquí tenemos una curiosa hornacina flanqueada por una suerte de volutas-grutesco, recordando también al plateresco, que aloja una escultura de la santa perfectamente clasicista.

          Aunque sea complicado dar con las atribuciones exactas de cada parte del proceso no cabe duda de que estas portadas son “hermanas” en tanto que tienen un mismo padre conceptual. Podríamos decir lo mismo, aunque salvando las distancias, de la fachada de Santo Domingo de Silos en Arévalo. No hay, por el momento, documentación que lo corrobore, pero con un golpe de vista podemos ver las concomitancias de los tres arcos con los ejemplos anteriores. Algo más de fuerza cobra la conexión de Tolosa con otro caso similar, el de la iglesia de San Miguel Arcángel de Villatoro con cuyos señores, una rama de los Dávila, se sabe que tuvo relación el maestro en la iglesia parroquial de Navamorcuende (siendo el señorío de Navamorcuende-Cardiel y Villatoro), habiendo sido documentada su labor por la Sierra de San Vicente y el norte de la actual provincia de Toledo por David Gutiérrez Pulido (@DavidGutyP).

          Más paralelismos entre la ciudad y su zona de influencia los podemos encontrar en el abulense convento de las Gordillas y la portada oeste de la iglesia de Santiago apóstol de Cebreros, habiendo sido ambas relacionadas con Tolosa, donde volvemos a ver el juego que encontrábamos en Santa Catalina pero con nuevas propuestas, aún más simplificadas.

          Las Gordillas tiene una portada que guarda bastante relación con la de Santa Catalina pero es algo más comedida, menos “expresionista”. Mantiene todos los elementos prácticamente iguales salvo los espejos, que esta vez son completamente circulares como es habitual en otros lugares, y un sencillo frontón triangular clásico rematado por jarrones con un espejo como los anteriores en el tímpano. La de Cebreros, prácticamente calcada, únicamente difiere en que sus fustes son lisos y no estriados, como en la capilla de Mosén Rubí pero en plano, y que los remates del tímpano son sobrios bolardos al estilo escurialense, lo que denotaría una ejecución más tardía.

          El templo fue trazado ni más ni menos que por el mismo Alonso de Covarrubias, sin embargo de su ejecución se encargaron maestros abulenses, entre ellos Juan Campero el mozo. Se trata de una planta de salón que en el interior se manifiesta como una imponente iglesia columnaria de tres naves como la que también diseñara el maestro para la Magdalena de Getafe, entre otros ejemplos (para conocer más del templo getafense ver aquí). Esto es un importantísimo reflejo de la importancia que han cobrado las trazas y los diseños en perspectiva en la España de la época ya que, a simple vista, se puede comprobar que, independientemente de que el ejecutor sea un Campero, un Tolosa (Cebreros), un Francés o un Gómez de Mora (Getafe), el resultado final general es deudor de su tracista y de su capacidad para el diseño.

Humilladero de los Cuatro Postes, Francisco de Arellano, 1566. foto: Wikimedia.

          Otro maestro que dejó huella fue Francisco de Arellano quien, a partir de 1564, se encargó de las obras de Santa Ana (cabecera y portada) y, a partir 1566, del icónico Humilladero de los Cuatro Postes (o de la puente del Adaja), mirador privilegiado a las afueras de la ciudad, del cual se conserva la traza por lo que sabemos que en su diseño original contaba con un tejadillo que cobijaría la figura de un San Sebastián. En 1562 consta que ya era aprendiz suyo Francisco Martín, artífice que trabajó en importantes obras a finales de siglo, como la finalización en 1577 de la iglesia del convento de San Antonio, trazada por Pedro de Tolosa, o la capilla de San Segundo en la catedral, proyectada por Francisco de Mora, quien realizó en la ciudad también su fundamental iglesia del convento de san José. Estas obras manifiestan ya una evidente dependencia de la experiencia escurialense y anteceden, de manera muy temprana, la estética que encontraremos en la arquitectura de principios del XVII.

Capilla de San Segundo, Francisco de Mora, Francisco Martín, finales s. XVI. foto: Mario Adanero.

          En definitiva tenemos en esta “escuela purista abulense” un grupo de maestros conocedores del devenir toledano, con un claro dominio de la lección serliana hasta el punto de ser capaces de jugar con el léxico recibido de ésta y formular sus propias propuestas, a la par deudoras y contestatarias con la tradición inmediata, caprichosas, originales y con personalidad propia y, por tanto, reconocibles, pudiendo hablar de un “manierismo abulense” dentro del contexto hispano.

          Falta mucho por profundizar, pues sólo hemos hecho un análisis estilístico, y bastantes casos por comentar, no hemos hablado de ningún edificio de carácter civil, pero sirva esta entrada como precursora de otras que nos permitan hablar de este maravilloso capítulo de la historia del arte español.

BIBLIOGRAFÍA BÁSICA

GUTIÉRREZ PULIDO, D., Pedro de Tolosa, maestro de cantería del siglo XVI, en la sierra de San Vicente (Toledo), Talavera de la Reina, Excmo. Ayuntamiento de Talavera de la Reina (Ed.), 2009.

LÓPEZ FERNÁNDEZ, M.I., “La arquitectura del siglo XVI en Ávila: la casa de Bracamonte y el patrimonio abulense”, J.L. GUTIÉRREZ ROBLEDO (dir.), J.M. MARTÍNEZ FRÍAS (tut.), Tesis doctoral, Facultad de Geografía e Historia, Universidad de Salamanca, Ávila, 2011 (2 tomos).

LÓPEZ FERNÁNDEZ, M.T., Arquitectura civil del siglo XVI en Ávila (Introducción a su estudio), Caja de Ahorros y Préstamos de Ávila, Ávila, 1984.

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