El próximo día 11 de febrero se inaugura en las salas de exposiciones de Mapfre (Paseo de Recoletos 23) la exposición El gusto francés y su presencia en España (siglos XVII XIX), que está llamada a ser una de las más destacadas del año. La muestra, comisariada por la profesora Amaya Alzaga Ruiz, hace un recorrido por el arte galo que llegó a España durante esos tres siglos y la impronta e influencia que éste dejó en nuestro país. Es un enfoque ambicioso, ya que tomando el arte como hilo conductor no sólo se habla de los artífices, estilos artísticos y obras que se crearon, sino que también se hace un recorrido a través de la historia de ambos países, las relaciones diplomáticas que mantuvieron y el coleccionismo de arte galo en nuestro país.

     Para dar vida a ese planteamiento la comisaria ha conseguido reunir más de cien piezas, muchas de las cuales no se habían exhibido con anterioridad, que abarcan desde la pintura y escultura, al dibujo y la miniatura, pasando por las artes decorativas, la indumentaria u obras de carácter singular. Instituciones como el Museo del Prado, Patrimonio Nacional, el Museo del Romanticismo, el de Bellas Artes de Bilbao y el de Asturias, el Museo Arqueológico Nacional y el de Artes Decorativas o el Museo del Traje, entre otras, han prestado obras para la muestra, así como una infinidad de colecciones partículares entre las que se encuentran algunas de las más destacadas de nuestro país como es la colección Abelló, la Fundación Casa de Alba o la colección del Duque del Infantado.

     He tenido la fortuna de trabajar con la comisaria Amaya Alzaga en la localización de obras y creación de un discurso expositivo que fuera lo más atractivo y novedoso posible para el visitante sobre ese proceso de transferencia, culturización y mestizaje que supusieron esos tres siglos de “gusto” por lo francés en nuestro país. Asimismo, hemos tenido la suerte de contar con el diseño de montaje de Francisco Bocanegra, que ha convertido las salas de Mapfre en un espacio distinto al acostumbrado y ha permitido recobrar el espíritu palaciego del edificio. Del diseño de la imagen de la exposición y del catálogo se ha encargado Francisco Rocha, que ha realizado uno más de sus múltiples trabajos meticulosos y exquisitos. Y por supuesto se ha contado con el apoyo de Nadia Arroyo como directora de Cultura de la Fundación Mapfre, que creyó en el proyecto desde el principio, e Irene Núñez, coordinadora de la exposición, así como con todo el equipo de cultura y exposiciones que han posibilitado el llevar a buen puerto un proyecto tan exigente como este.

     No pretendo desvelaros toda la exposición a través de este texto, creo que mejor que vayáis a verla y cada uno haga sus lecturas. Hemos intentado que ésta tenga diferentes grados de interés; desde para aquellas personas sin conocimientos específicos sobre el tema que podrán disfrutar de la belleza de muchas de las obras; a los que sabiendo más del arte y de la época podrán profundizar sobre el panorama artístico y político de esos siglos; a los estudiosos y especialistas a los que hemos intentado abrir, a través de esta muestra y su completo catálogo, nuevas vías de investigación.

     La muestra arranca en el siglo XVII cuando Francia inició una imparable conquista no sólo política sino también cultural en Europa. Esa lucha hegemónica por el poder con España hizo que, pese a los enlaces matrimoniales que se promovieron entre ambas casas reinantes -el matrimonio doble de Felipe IV con Isabel de Borbón y de Luis XIII con Ana de Austria en 1615, el de María Teresa de Austria con Luis XIV en 1660, o el de Carlos II con María Luisa de Orleans en 1679-, las relaciones entre ambos países fueron sumamente complicadas y eso se reflejó en la escasez de obras galas que llegaron a nuestro país durante ese siglo, muchas de ellas retratos fruto de esos enlaces o regalos diplomáticos que se intercambiaron. Sin embargo, tras la subida al trono de España en 1700 de la dinastía de Borbón, tras el fallecimiento de Carlos II sin descendencia, la llegada de artistas y tendencias será una constante. Retratistas como Michel-Ange Houasse, Jean Ranc o Louis-Michel Van Loo, arquitectos como René Carlier, escultores como Robert Michel… acapararon algunos de los puestos más importantes y la atracción por lo francés experimentó así un gran impulso en los ambientes cortesanos.

     Durante la segunda mitad del reinado de Felipe V y los sucesivos gobiernos de sus hijos, Fernando VI y Carlos III, la corte española viró hacia modelos italianos, y se fue progresivamente diluyendo el propósito inicial de imponer el referente francés en los ámbitos institucional y artístico. Sin embargo, será con Carlos IV cuando los marcados y refinados gustos del monarca llevarán a la introducción para el adorno de sus residencias reales de una gran variedad de objetos suntuosos llegados del país vecino: lujosas porcelanas, delicado mobiliario, sedas lionesas de Camille Pernon, bronces de Thomire e importantes relojes procedentes de Francia. Ejemplo de ese gusto por lo francés y por los interiores diseñados hasta en los más mínimo es la Real Casa del Labrador en Aranjuez, y más concretamente, el Gabinete de Platino, obra del arquitecto de Napoleón, Charles Percier.

     En 1789 llegaba la revolución francesa y con ella Francia y España se alejarán progresivamente, sobre todo tras la ejecución de Luis XVI en 1793. No obstante, España reanudó las relaciones e intercambios artísticos con Francia tras el fin de la Guerra de la Convención en 1795, lo que permitió a Carlos IV llevar a cabo sus proyectos decorativos “a la francesa” como acabamos de ver. La instauración del Imperio por parte de Napoleón y la ofensiva militar en nuestro país que dió lugar a la Guerra de la Independencia, nuevamente cambiaron el escenario. El efímero reinado de José Bonaparte no atrajo a la Península a ningún artista francés de renombre ya que el monarca intruso, deseoso de conseguir la adhesión de sus súbditos, se rodeó de artistas locales como Goya o Flaugier, artista francés que desarrolló su carrera en Barcelona y que será el encargado de fijar la imagen del soberano en nuestro país. Las piezas expuestas en esta sección testimonian el curso vertiginoso de la historia mostrándose asimismo los retratos de sus principales protagonistas.

     Pese a los conflictos políticos, el arte francés siguió siendo sinónimo de buen gusto y lujo en nuestro país. Así pues la llegada de suntuosos objetos como vajillas, cristalerías, piezas de platería o bronce fue una constante desde la llegada al trono de Felipe V hasta la marcha de Isabel II a su exilio parisino. Ese gusto se denotará no sólo en el arte de corte, sino que también los interiores nobiliarios serán partícipes de ese refinamiento. Sobre todo a partir del Segundo Imperio se pondrán de moda en las residencias la decoraciones eclécticas y ostentosas con toques exóticos, la presencia de papeles pintados que sustituían a las colgaduras y sederías dieciochescas y harán su aparición las vidrieras que simbolizarán la elegancia de los espacios residenciales. Asimismo, retratarse en París se convertirá en un signo de distinción para la alta sociedad europea. A lo largo del siglo XIX el género del retrato, históricamente despreciado por la jerarquía académica, terminó imponiéndose como el género moderno por excelencia. Algunos se efigiarán en miniatura o en esculturas de pequeña escala, mientras que otros optarán por los lienzos, destacando el monumental retrato ecuestre que Eugenia de Montijo se realizó en el taller de Édouard Odier cuatro años antes de desposarse con el príncipe Luis Napoléon Bonaparte, quien se convirtirá en Napoleón III.

 

     Un momento clave para la llegada de artistas franceses a España en el siglo XIX fue el casamiento de Luisa Fernanda, hermana pequeña de Isabel II, con el duque de Montpensier, don Antonio de Orleans, hijo menor del rey Luis Felipe de Francia. En 1846 tuvieron lugar en Madrid las dobles bodas de la reina Isabel II con su primo Francisco de Asís, y de su hermana Luisa Fernanda con el duque de Montpensier. El joven príncipe trajo en su comitiva a dos reputados pintores franceses de su confianza, encargados de acometer un ciclo pictórico que reflejara los momentos clave de su llegada a Madrid y de las celebraciones que tuvieron lugar con motivo de los enlaces. Aunque el matrimonio se estableció en Francia en 1848, tras la revolución que destronó a Luis Felipe, se instalaron en Sevilla. Allí Antonio de Orleans asentó una pequeña corte andaluza de tintes franceses y ejerció un notable mecenazgo artístico, atrayendo a un buen número de artistas galos, entre ellos a Alfred Dehodencq que se estableció a partir de 1850 como retratista de la “corte chica” de los Montpensier.

Alfred Dehodencq, El duque de Montpensier con su familia en los jardines de San Telmo, 1853. Óleo sobre lienzo. Colección particular

     Pero no sólo llegaron artistas franceses a nuestro país atraídos por la corte servillana de los Montpensier. Cuando Italia perdió el cetro del gusto artístico y las guerras napoleónicas comprometieron los viajes de los franceses, la Península se reveló como un nuevo Oriente, a la vez cercano y desconocido. Ésta despertó el interés de los primeros viajeros eruditos como Alexandre de Laborde pese a que en 1860 la editorial Hachette publicaba una guía de viaje de la Península ibérica que comenzaba con esta frase: “Existe la opinión común de que España es todavía uno de los países que no se pueden visitar sin haber hecho de antemano testamento”. Sus paisajes, costumbres y tradiciones que hasta ese momento habían sido denostadas se mostraban ahora como la temática más buscada por los pintores románticos. A partir de 1860 una segunda ola de pintores franceses llegaron a nuestro país con la intención de plasmar  la «verdadera España» desterrando así los estereotipos de gran parte de los viajeros anteriores, pertenecientes al llamado «ciclo romántico», y enfatizar la diversidad regional del país. Autores como Gustave Doré buscarán mostrar la pluralidad de tipos humanos de nuestro país en una línea realista que en Francia también estaba poniendo en valor la austeridad de artistas de su pasado como los hermanos Le Nain o Jean-Baptiste-Simeón Chardin. Siguiendo el ejemplo de éstos, los artistas modernos debían pintar la realidad con la misma franqueza y sobriedad con que lo habían hecho sus antecesores, alejándose de los artificios académicos.

Jean-Baptiste Achille Zo, Vendedor de fruta en Sevilla, ca. 1864. Óleo sobre lienzo. Colección BBVA, P01666.

     Sí la muestra comenzaba justamente en el momento en que los primeros artistas y obras de arte galo llegaban a nuestro país y cuando Francia se erigía en el modelo del gusto europeo, ésta se cierra en la etapa en la que se produce el fenómeno inverso, es decir, cuando es España la que pasa a convertirse en foco de atracción de la cultura francesa. Diversos artífices se desplazarán en búsqueda de la profunda esencia española, fuera de los tipismos. Ese fue el caso por ejemplo de Édouard Manet quien emprendió viaje a Madrid para contemplar en directo las obras de Velázquez. La influencia velazqueña queda patente en la obra que se expone Uvas e higos. La indefinición de los planos y el fondo y la contraposición de negros y blancos en la obra deja a las claras que Manet es deudor de la lección velazqueña. Además de Manet, otros artífices como Henri Fantin-Latour, también ferro admirador de Velázquez, o Théodule-Augustin Ribot, seguidor de Ribera, absorberán las lecciones de los grandes maestros del pasado español y las traspasarán a sus creaciones dando lugar a obras que estarán en el inicio de la vías artísticas modernas.

Datos básicos:

¿Dónde puedo verla?: La exposición se muestra en las salas de exposiciones de Mapfre, Paseo de Recoletos 23.

¿Cuál es el horario?: Lunes (excepto festivos) de 14:00 a 20:00 h; Martes a sábados de 11:00 a 20:00 h; y Domingos y festivos de 11:00 a 19:00 h.

¿Cuánto cuesta la entrada?:

  • Entrada general: 5€ (Permite la visita a El gusto francés y Jorge Ribalta).
  • Entrada reducida: 3€ (colectivos con derecho a entrada reducida).
  • Acceso gratuito general (0€): lunes no festivos, de 14 a 20 h.
  • Personas con seguro de Mapfre: Tienen derecho a dos entradas gratuitas, solicitándolas a través de la plataforma de Mapfre o en taquilla enseñando el DNI.

¿Puedo reservar una visita guiada?: Puedes asistir a una visita guiada por un precio de 7€ de martes a jueves, 11:30, 12:30 y 17:30. Los grupos se componen de un máximo de 10 personas.

¿Hasta cuándo se puede disfrutar de la muestra?: La exposición estará abierta del 11 de febrero al 8 de mayo de 2022.

Podeís comprar entradas para la muestra directamente pinchando aquí.

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