Diplomático, embajador, intelectual, poeta… y, sobre todo, apasionado de los libros. Diego Hurtado de Mendoza tenía una de las bibliotecas más famosas de la Europa del siglo XVI. Hablar de ella, y de las obras que albergaba, ocuparía interminables páginas. Aun así, y de manera breve pero intensa, vamos a adentrarnos en su historia y en cómo con los años Hurtado de Mendoza consiguió reunir cientos de ejemplares de las obras literarias y científicas más importantes desde la Antigüedad.

     Diego Hurtado de Mendoza (1503-1575), provenía, como su nombre indica, de la familia Mendoza, originarios de Guadalajara y una de las familias más importantes del Renacimiento español. Era hijo de Francisca Pacheco y de Íñigo López de Mendoza y Quiñones, II conde de Tendilla, embajador en Roma entre 1486 y 1487, alcaide de la Alhambra y Capitán General del Reino de Granada tras la toma de Granada en 1492. Una de sus hermanas era María Pacheco, quien jugó un papel fundamental en el levantamiento de los comuneros. En este entorno y bajo esta importante influencia familiar, Diego Hurtado de Mendoza nació en la Alhambra, y estudió en Granada y Salamanca, ciudades donde aprendió latín, griego y árabe. Era todo un hombre de letras, como demostraría después en sus numerosos escritos y sonetos. Pero no sólo era un literato, sino también uno de los diplomáticos más importantes al servicio de Carlos V.

Desfile con motivo de la coronación de Carlos V por el papa Clemente VII. Grabado de Cornelis Boel sobre dibujo de Antonio Tempesta para “La vie de l’Empereur Charles V, en tres-belles tailles-douces, gravées sur les dessins du celébre A. Tempeste, par deux des plus habiles Maitres J. de Gein & C. Boel”, Leiden, Pieter van der Aa, 1614. Nueva York, The Metropolitan Museum.

     Formando parte de su séquito, acompañó al emperador a su coronación en Bolonia en 1530. Pero su verdadera carrera comenzó como embajador en 1537, cuando fue enviado como embajador en Londres, donde llegó para negociar el matrimonio entre María Tudor y Luis de Portugal, que finalmente no se produjo. Más tarde, fue embajador en Venecia de 1539 a 1547, después lo fue en Roma y Siena. Además, Carlos V le envió como su representante en el Concilio de Trento, en el que jugó un papel muy importante, no sólo a nivel político sino a nivel intelectual. De hecho, en una carta del 9 de agosto de 1545, Diego Hurtado le cuenta a Jerónimo Zurita que en Trento tenían «concertada una gran academia de hombres muy eruditos, que se dedican todos a entender en Aristóteles, dum sub nivibus stupet alma tellus»[1]. Los libros eran tan importantes para él que formaban una parte fundamental también de su trabajo como diplomático.

Nicoló Dorigati: Sesión final del Concilio de Trento. Foto: Wikimedia Commons.

     Así pues, Diego Hurtado de Mendoza fue un personaje muy influyente en su época, por cuestiones políticas, pero también por cuestiones intelectuales. En su estancia como embajador en Venecia, forjó gran amistad con artistas, poetas e intelectuales de la ciudad, como Tiziano o Pietro Aretino. También conoció a Giorgio Vasari, famoso por sus Vidas de los más excelentes pintores, escultores y arquitectos, en las que, por cierto, en la edición de 1568 aparece nombrado en la vida de Tiziano:

«En el año 1541 hizo el retrato de don Diego de Mendoza, entonces embajador de Carlos V en Venecia, de cuerpo entero y de pie, una bellísima figura. Y desde esta [obra] empezó Tiziano lo que después se ha hecho costumbre, es decir, hacer retratos de cuerpo entero»[2].

     Este retrato se ha identificado con la obra que actualmente se conserva en el Palacio Pitti de Florencia. Aunque no hay una opinión consensuada sobre el personaje retratado en esta pintura, no podemos negar su parecido con el retrato que se conserva en el Museo Nacional del Prado (véase imagen en portada). Una obra a la que además Pietro Aretino le dedicó un soneto[3].

     Después de conocer sus intereses y el ambiente intelectual en el que se movía, no debería sorprendernos entonces que llegara a reunir una de las bibliotecas más famosas de la época, con cientos de obras, tanto libros impresos como obras manuscritas. Esto se refleja en algunas dedicatorias, como la que hace Ambrosio de Morales en su obra de 1575 Antigüedades de las ciudades de España:

«Y porque con sus grandes cargos residía en diversos lugares, y su librería era en todos tan grande, que no podía tan presto mudarse: tomaba otros códices nuevos de los autores que más amaba, y volvíalos a pasar como si antes no los hubiera pasado. Así se ven en su librería dos y tres obras de unos mismos autores. […] De este gran amor que ha tenido a las letras, ha resultado el singular provecho de tener, como tenemos, tantos y tan insignes autores griegos, que antes no teníamos. Pues nos hizo traer de Grecia muchas cosas de los santos Basilio, Gregorio Nazianzeno, Cyrilo, y de otros excelentes autores, a todo Arquímedes, de Heron, de Appiano Alexandrino, y de otros»[4].

     Aunque su biblioteca ya había empezado a formarse antes de ser embajador en Venecia, resulta evidente que aprovechó su estancia como diplomático para ampliar considerablemente su colección. La sección más importante era sin duda la de los manuscritos griegos, ya que Diego Hurtado era fiel lector de Aristóteles. En sus años en Venecia, acumuló cerca de 260 manuscritos griegos. En España, sin embargo, el aristotelismo no tuvo la trascendencia que tuvo en Italia, de manera que cuando la biblioteca pasó a formar parte de la Real Biblioteca de El Escorial también se convirtió en una de las secciones más destacadas.

Fernando Brambilla: Vista de la Biblioteca del Real Monasterio. Madrid, Patrimonio Nacional.

     Una de las razones de que la biblioteca de Diego Hurtado de Mendoza fuera tan rica es que tuvo, al menos, ocho copistas: Andrónico Nucio, Nicolás Múrmuris, Jorge Bebaines, Juan Mavromates, Pedro Carnavaca, Nicolás Múrmuris, Valeriano de Forli y Arnoldo Arlenio[5]. Éste último fue, además de copista, su bibliotecario entre 1538 y 1546. Sabemos también que Múrmuris trabajó para él de 1541 a 1543 y copió para su biblioteca más de diez manuscritos, entre los que se encontraba, por ejemplo, la famosa Geografía de Tolomeo[6].

     Además del trabajo de los copistas y del mercado bibliófilo, Diego Hurtado tenía otras formas de conseguir libros y manuscritos: por ejemplo, organizaba expediciones a Grecia y Turquía para que le trajeran obras principalmente de sus monasterios. Así ocurrió en 1543, cuando envió al editor, traductor y copista griego Nicolás Sofiano al monte Athos para adquirir manuscritos[7]. Una tercera vía para adquirir obras era a través de regalos. Ambrosio de Morales cuenta en su ya citada obra Antigüedades de las ciudades de España que el sultán Solimán le regaló a Diego Hurtado de Mendoza seis cajas con 31 ejemplares porque éste había enviado a un prisionero de vuelta. Estos ejemplares no han sido identificados, a excepción del “Escur. Ω  I 13”, un manuscrito del siglo XIII con el Pentateuco y los libros históricos del Antiguo Testamento[8].

     Uno de los aspectos más novedosos que tenía la biblioteca era su catálogo. Normalmente, los catálogos se realizaban por temáticas o antigüedad. Sin embargo, en este caso los manuscritos se iban apuntando a medida que se añadían a la biblioteca. Además, el propio Diego Hurtado hacía anotaciones sobre su origen y otras cuestiones. Desafortunadamente, el catálogo original no se conserva ya que, con toda seguridad, se destruyó en el incendio de 1671. Pero por suerte, se conserva una copia que Jean Matal realizó en Roma en 1548-50[9]. También se conserva un inventario que fue realizado cuando la colección mendocina pasó a formar parte de la Real Biblioteca de El Escorial, tras la muerte de Diego Hurtado.

     Además de los manuscritos griegos, había por supuesto otros tipos de obras. Por citar solo algunos ejemplos: un libro de estampas de Jeronimo Cock (editor de estampas de Amberes), Institutiones Geometricae, de Alberto Durero; las Comedias de Plauto; la Historia Natural de Plinio; las Epístolas de Marsilio Ficino; De architectura de Vitrubio; la Vida de hombres ilustres de Paolo Giovio; Discursos sobre la primera década de Tito Livio, de Maquiavelo, etc.

Vista de la Biblioteca de El Escorial.

     La biblioteca de Diego Hurtado de Mendoza pasó a formar parte de la Biblioteca Real del Escorial, donde continúa en la actualidad. Días antes de morir, el que había sido embajador de Carlos V había escrito un testamento en el que se recogía que nombraba heredero universal de sus bienes a Felipe II:

«Y porque yo tengo quentas con el Rey nuestro señor, en las quales me ponen dudas, aunque el Rey muy bien entiende que no soy alcaçado, por sanear my conciencia y mi lealtad, hago a Su Magestad mi universal heredero y suplícole nonbre por mí exsecutores deste mi ynbentario y lo mande cumplir al pie de la letra, que sobran bienes»[10].

     Esas cuentas que tendría con el rey serían debidas a su excesivo gasto cuando era embajador en Italia. Sin embargo, algunos autores apuntan a que la frase “me ponen en dudas” está más relacionada con una obligación que con un deseo del diplomático. Irónicamente, Diego Hurtado, hombre de letras, era muy famoso por su escritura prácticamente ilegible. De manera que fue Alonso de Tebar quien tuvo que hacer anotaciones en los márgenes del testamento porque apenas se entendía lo que ponía.

     Lo que sí se refleja muy bien en su testamento es el aprecio que le tenía a sus libros:

«Tengo los libros que parescen por el Inuentario que está en poder de Gracián, griegos, latinos y arábigos, y más destos, fuera de Inuentario, de mano y de molde, libros de gran extimación y valor»[11].

     De hecho, días después de escribirlo, añadió algunas cosas, entre ellas una “petición por si acaso” al rey:

«Que sy de sus libros ubyere algunos que Su Magestad no fuere servydo dellos, o porque los tengan ya o por otra causa, que aquellos se manden Su Magestad dar al Colejyo del Cardenal Don Pedro Gonçalez sus cuerpos; esto si Su Magestad fuere servydo dello y no de otra manera»[12].

     Su Magestad se quedó con todos y cada uno de los libros de la biblioteca de Hurtado de Mendoza, y no tuvo a bien regalarlos a ningún colegio. Sin embargo, desafortunadamente, muchos de esos manuscritos, se calcula que la mitad, se perdieron en el incendio del Monasterio de El Escorial en 1671. A pesar de ello, los fondos procedentes de la biblioteca de Diego Hurtado de Mendoza siguen siendo uno de los más importantes de la Real Biblioteca de El Escorial.

Anónimo: El Incencio del Monasterio de El Escorial en 1671. Museo Nacional del Prado, Madrid.

NOTAS AL TEXTO

[1] Domingo Malvadi, A.: Bibliofilia humanista en tiempos de Felipe II. La biblioteca de Juan Páez de Castro, Salamanca, Universidad, 2011, p. 315 (carta 6). Citado en Escobar, A.: “Aristóteles en la España del siglo XVI: las intervenciones manuscritas de Diego Hurtado de Mendoza en el impreso Escor. 25.III.11”, Estudios bizantinos, 3 (2015), p. 170.

[2] L’anno 1541 fece il ritratto di don Diego di Mendozza, allora ambasciadore di Carlo Quinto a Vinezia, tutto intero et in piedi, che fu bellissima figura, e da questa cominciò Tiziano quello che è poi venuto in uso, cioè fare alcuni ritratti interi”. Vasari, G.: Le vite de’ piu eccellenti pittori, scultori, e architettori. Florencia, Giunti, 1568, p. 812.

[3] Sáez, A.: “Poemas para una dama: Aretino, Hurtado de Mendoza y un retrato de Tiziano”, Etiópicas. Revista de letras renacentistas, 16 (2020), p. 71.

[4] Morales, A.: Antigüedades de las ciudades de España. Iniguez de Lequerica, 1575, dedicatoria.

[5] Caballero, P.: “La Geografía de Tolomeo en un impreso anotado por Nicolás Múrmuris propiedad de Diego Hurtado de Mendoza”, Estudios bizantinos, 2 (2014), p. 239.

[6] Ibídem, pp. 244-46.

[7] Martínez Manzano, T.: “La Biblia del emperador Cantacuceno y otros códices bizantinos de Diego Hurtado de Mendoza (con noticias sobre dos códices mediceos recuperados)”, Italia medioevale e umanistica, LVI (2015), p. 195.

[8] Ibídem, pp. 243-44.

[9] La copia de Jean Matal se conserva en la Cambridge University Library (MS Add. 565, 136r-146v).

[10] Agulló y Cobo, M.: A vueltas con el autor del Lazarillo: con el testamento y el inventario de bienes de don Diego Hurtado de Mendoza. Madrid, Calambur, 2010, p. 58.

[11] Ibídem, p. 59.

[12] Ibídem, p. 61.

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