En la historia del arte hay gran número de pintores que no habiendo logrado ni el éxito ni el reconocimiento en vida después de su muerte alcanzaron gran fama y sus obras se convirtieron en objeto de deseo por parte de los coleccionistas. Uno de los casos más clamorosos es quizás el de Vincent van Gogh, que si bien mientras vivió no logró vender sus cuadros, tras su fallecimiento consiguió ser uno de los pintores más cotizados a nivel mundial. Sin embargo, no suele ser tan común el caso de artistas que durante su vida lograsen un éxito arrollador y que tan sólo unos años después de su muerte su nombre haya sido por completo olvidado por la historia del arte. Ese es el raro caso de Julio Borrell y Pla (1877-1957), artista catalán que en su momento gozó de enorme reconocimiento, no sólo en España, sino también fuera de nuestras fronteras, y que en la actualidad es casi desconocido. Sus obras bien han desaparecido, se encuentran en almacenes o aparecen en el mercado a precios que su calidad no justifica. Quizás su vasta producción ha favorecido que sus pinturas no se tengan en tanta estima como las de otros contemporáneos, pero lo cierto es que sus óleos y sobre todo sus dibujos demuestran una maestría y visión espacial que merecerían un mayor reconocimiento por la historia del arte que, al considerar sus obras fuera de las tendencias de las vanguardias, ha obviado casi por completo su figura. Ello nos ha llevado a tener que bucear dentro de la prensa de la época para poder hacer un recorrido por su obra y su fortuna crítica.

Pedro Borrell del Caso, Retrato de Julio Borrell, 1901. Fuente: Álbum Salón, 1/1/1901, p. 90.

Formación y primeros certámenes

     Julio fue uno de los nueve hijos del matrimonio de artistas conformado por Pedro Borrell del Caso y Teresa Pla Vilallonga. De entre su prole tres de sus vástagos, Ramón, Julio y Salvador, siguieron la estela de sus progenitores y se dedicaron a la pintura. Julio estudió junto a su hermano Ramón en la Escuela de Bellas Artes de Barcelona, donde su padre daba clases, y donde el nazarenismo catalán de Claudio Lorenzale y Pablo Milá y Fontanals le influyeron profundamente. Con tan sólo once años participó en el certamen de la Exposición Universal de Barcelona en 1888 y a partir de 1894 concurrió a casi todas las Exposiciones Oficiales celebradas en Barcelona y Madrid. En 1895 recibió una mención honorífica por El lavatorio de Jueves Santo en la catedral de Barcelona, cuadro que fue adquirido a posteriori por la catedral y que recibió grandes elogios:

«[…] superando a todas las expuestas últimamente en el Palacio de Bellas Artes de la coronada villa. En ella vese el mayor empeño del pintor, adivínase el estudio y no se ocultan las dificultades que ha debido vencer. Trátase de una verdadera composición, de la agrupación de muchas figuras y de la variedad de actitudes, tonos y matices, empresa que requiere para su resolución experiencia artística, alientos y habilidad».

La Ilustración Artística, nº 715, p. 618.

Julio Borrell, El lavatorio de Jueves Santo en la Catedral de Barcelona, 1895. Catedral de Barcelona. Fuente: La Ilustración Artística, nº 715, 1895.

    El éxito obtenido le impulsó a seguir realizando cuadros religiosos entre los que destacan en esta etapa los dos que en la actualidad se conservan en el Museo Nacional d’Art de Catalunya con el tema de La Epifanía  y La entrada de Jesús en Jerusalén. En ellos ya vemos la clave de su éxito, con unas composiciones complejas, un gran dominio del espacio y un colorido atrayente que recuerda al de los mosaicos y vidrieras modernistas.

     Mención honorífica también recibió en 1897 en la Exposición Nacional de Bellas Artes, por el cuadro La salida del viático, después del atentado del Liceo, que plasmaba el momento en el que un sacerdote salía del teatro del Liceo de Barcelona tras administrar la extremaunción a las 18 personas que murieron en el atentado del anarquista Santiago Salvador, el 7 de noviembre de 1893, durante la representación de la ópera Guillermo Tell. Dada la relevancia política de la obra esta colgó durante la Guerra Civil en el despacho del presidente de la Generalitat, Lluís Companys.

Julio Borrell, La salida del Viático después del atentado en el liceo de Barcelona, 1896-1897. Óleo sobre lienzo, 118 x 169. Fuente: Subastas Balclis, Diciembre de 2013.

     El éxito cosechado por estos cuadros de tipo historicista hizo que el artista quisiera seguir esa senda y en 1898 buscó su fuente de inspiración en El Quijote. Fruto de ello serán varias obras que recibieron el aplauso nuevamente de los críticos como la Fantasía del Quijote, la Llegada de Sancho a la Isla Barataria (de la que se conservan varios bocetos), ambas utilizando el mismo escenario pero desde diferente punto de vista, o diversas composiciones que abordaron la figura de don Alonso Quijano, bien leyendo o envuelto en sus ensoñaciones.

Julio Borrell, Fantasía del Quijote, 1898. Fuente: La Ilustracion Artística, nº 887, p. 833.

     Asimismo, según la prensa de la época, Borrell realizó toda una serie de escenas del Quijote para la decoración de «un comedor suntuoso […] referentes a cacerías, convites y comilonas, entre las cuales no podían faltar las famosas bodas de Camacho. La idea de decorar un comedor con pasajes gráficos sacados de la primera de las novelas españolas es atinadísimo, y el garboso pincel del joven artista ha sabido traducirla con admirable acierto, imprimiendo a los cuadros, compuestos con holgura y pintados con entonación propia de los tapices, verdadero carácter de época» (Álbum Salón, 1901, p. 90).

Concesión de la primera medalla y obtención de encargos importantes

     En 1901 finalmente obtuvo la deseada medalla que perseguía desde hacía tiempo en los certámenes nacionales siendo premiado con una tercera medalla con el cuadro Pompa Circense, el cual fue adquirido por el Estado y que en la actualidad pertenece al Museo del Prado. Éste muestra su dependencia del simbolismo, su gran capacidad de crear escenografías sumamente complejas y un gran dominio del color. La obra nuevamente recibió grandes elogios de la crítica que la consideró «una obra hondamente pensada, grandiosamente concebida y compuesta, y ejecutada con perfecto conocimiento del dibujos y de los recursos pictóricos. Julio Borrell, en una edad en que la casi totalidad de los artistas se entretienen pintando cuadros sin consistencia alguna, ha trazado una composición que revela, no sólo grandes alientos, sino ademas un estudio profundo […] ha querido ya desde su juventud escribir en su historia artística una de esas páginas que forman época en la carrera de un pintor» (La Ilustración Artística, nº 1008, p. 274).

Julio Borrell, Pompa circense, 1901. Óleo sobre lienzo, 400 x 580 cm. Museo del Prado, depositado en la Diputación Provincial de Zamora.

     A partir de ese momento conseguirá hacerse un lugar entre los artistas de corriente historicista y también comenzará a practicar el retrato, siendo uno de los que más se implicó a la hora de reflejar a la mujer española de peineta y mantilla. Pero lo cierto es que Borrell acometerá todas las temáticas, de género, paisajes, religiosas, etc., y expondrá regularme sus obras en el estudio familiar de la calle Aragón de Barcelona donde recibía a aficionados y críticos. Su dominio tanto en las grandes composiciones como en la captación de la singularidad física de los personajes es lo que le propiciará su encargo más importante hasta ese momento. El rey Alfonso XIII le encomendará en 1906 la realización de un cuadro en el que se plasmase su boda con la reina Victoria Eugenia de Battenberg. Borrell, tal y como se encargó la prensa de la época en recoger, pintó la obra:

«En una de las habitaciones de la planta baja de Palacio, ha pintado el artista D. Julio Borrell, por encargo de S.M., un gran lienzo, representado la ceremonia de contraer matrimonio en la iglesia de los Jerónimos, D. Alfonso XIII con la princesa Victoria de Batenberg. Todas las figuras que en el cuadro aparecen son retrato de los personajes que asistieron a aquel acto. Además está terminando otro más pequeño en que aparecen las dos Reinas cuando suben al altar…».

Revista Nuevo Mundo, 1907.

Julio Borrell, Boda de Alfonso XIII con Victoria Eugenia de Battenberg en los Jerónimos de Madrid, 1907. Óleo sobre lienzo, 327 x 464 cm, firmado «Julio Borrell / Madrid-Palacio / 1907». Patrimonio Nacional, nº inv. 10078532.

     El lienzo, de grandes dimensiones, que en la actualidad se exhibe en el Palacio Real de Aranjuez en la sala donde se exponen los trajes de novia de algunos de los miembros de la familia real, le llevó un largo proceso al artista que incluso plasmó en un boceto la visita que Alfonso XIII realizó del cuadro recién terminado por el pintor en el Palacio Real de Madrid.

Julio Borrell, El rey visitando el cuadro de sus esponsales, 1909. Óleo sobre lienzo, 43 x 52 cm. Fuente: Subastas Segre, Marzo de 2016.

     La comisión regia le abrirá las puertas de la alta sociedad y a partir de entonces comenzarán a lloverle importantes encargos. Asimismo, Borrell empezará a practicar el género religioso, con gran éxito, como en los lienzos de El Triunfo del Cristianismo o El descendimiento de la cruz realizados en 1906, cargados de espiritualidad, y cuya emoción contenida y composición novedosa le granjeron una nueva fuente de encargos, los de la Iglesia.

Decoración de la bóveda de la Basílica de San Francisco en Buenos Aires

     Así, en 1909 le será encargado un proyecto monumental por los Señores Unzúe: la decoración del techo de la Basílica de San Francisco en Buenos Aires. El periódico El Mercurio anunciaba en agosto de 1909 que el pintor había sido «llamado a Buenos Aires para que una vez más ponga a contribución las dotes excepcionales que le adornan como colorista, correcto dibujante, y sobre todo como artista de fantasía poco común. Borrell ha recibido el encargo de decorar los techos de la iglesia bonaerense de S. Francisco. En ello debe desarrollar como temas: la definición del dogma de la Inmaculada, la muerte de San Antonio, San Francisco en la Porciúncula y la glorificación de la Orden de San Franscico. Los bocetos de todas estas obras son notabilísimos por su ejecución y poética fantasía». (Mercurio, 1/8/1909, p. 29). En Buenos Aires, que a principios de siglos se había convertido en un hervidero de literatos y artistas, coincidirá con pintores como Eliseo Meifrén, José Llaneces o Laureano Barrau. En la capital Argentina realizará los bocetos y tomará las medidas de los diferentes tramos de la bóveda de la Basílica de San Francisco que debía decorar y antes de regresar a España dejó instalada una de las grandes telas en el techo, la que representaba La Virgen protegiendo a la Orden Franciscana. Tras ello el artista se volvió a Barcelona para pintar el resto de obras. En marzo de 1910 presentó a la prensa las correspondientes a San Francisco en la Porcíuncula y San Francisco ante el Sultán y posteriormente realizó los de La muerte de San Antonio y el Triunfo de María, un gran lienzo de 100 metros cuadrados que «constaba de una gran figura mariana central, obra de gran mérito, que al decir de muchos expertos era una de las obras más bellas del arte religioso del siglo XX de toda América»[1].

Julio Borrell, San Francisco orando. Carboncillo y pastel sobre papel azulado, 60 x 40 cm. Colección particular.

     Para el techo debió de realizar más composiciones, como un San Francisco orando y un Concierto de ángeles -este último se puede apreciar en algunas de las fotografías antiguas de la Basílica-, ya que según la prensa de la época el techo estaba formado por «doce plafones (de unos ocho metros en cuadro)». Desafortunadamente, de este inmenso trabajo desarrollado por el artista sólo se conservan las fotografías de las obras mientras las ejecutaba el pintor y algún boceto, debido a que todo el techo pereció durante la quema de iglesias del 16 de junio de 1955 en Argentina, acometido por partidarios peronistas tras el intento de golpe de Estado que pretendió derrocar al presidente Juan Perón.

     Tras la terminación de todos los lienzos, en 1912 el artista se había desplazado a Buenos Aires para supervisar la instalación del conjunto y allí fue objeto de nuevos encargos y pudo realizar hasta una exitosísima exposición de sus obras. Entre sus trabajos allí destacó el cuadro de El Beato Lasalle comisionado por los Hermanos de la Doctrina Cristiana y sobre todo los plafones para la decoración del techo del Club Español de Buenos Aires, en los que desarrolló diversos temas como Isabel la Católica y Colón en el momento inicial del descubrimiento de América, La civilización española, la paz, las artes y la ciencia, o escenas típicas españolas.

Fotografía que muestra al pintor enseñando su obra de El Beato Lasalle. Fuente: La Iustración artística, 6/5/1912.

Serie pictórica para la bóveda de la Basílica de la Merced

     Su éxito en el país sudamericano le llevará a viajar allí en diversas ocasiones hasta 1920, para así poder hacer frente a todos sus encargos. A su vuelta a Barcelona se dedicará a realizar retratos y obras religiosas principalmente, pero la década de los años 20 ya denotará un cambio claro de tendencia. Las Vanguardias se hicieron notar con fuerza, aunque con retraso, en España y Borrell comenzó a perder la fama que había adquirido. Su último gran encargo será la serie pictórica para bóveda de la Basílica de la Merced en Barcelona, el cual le llevará unos cuatro años completar, comenzando en 1926 e inaugurándose en 1930.

«La idea central de la notable obra del señor Borrell, lo que pudiéramos llamar núcleo generatriz y animador del conjunto de pinturas que decoran la bóvedas, es evidenciar la predilección que la Santísima Virgen tiene a Barcelona, a la vez que se representa la idea de la grandeza de Nuestra Señora. Dividida la bóveda en cinco partes, Borrell aprovecha esta circunstancia para desarrollar el hermoso tema de su obra con detalles precisos y gradación adecuada. Así vemos en la segunda división, comenzando por el crucero, cómo se destaca en todo su esplendor la celestial figura de la Inmaculada en medio de radiantes nubes de angélicas criaturas que la admiran y agasajan, estando Ella en actitud de hacernos la Merced de descender a Barcelona […] El Sr. Borrell nos recuerda en la tercera y cuarta divisón el poder inmenso de la Santísima Virgen sobre las herejías y sobre los pecados todos, describiendo en la tercera, como el mensajero divino nos muestra la página, por mil títulos inmortal, en la que Pío IX define el dogma de la Inmaculada […] Finalmente, las jerarquías angélicas, llenas de santa alegría por la grandiosidad de la Merced que la Santísima Virgen nos concede, exteriorizan su contento, unos echando flores de exquisitas virtudes y otros cantando la sin igual “Salve Regina”».

La Hormiga de Oro, 18/9/1939.

     Nuevamente, hay que lamentar la pérdida de todo el conjunto pictórico ya que en el ataque sufrido durante la Guerra Civil española, el 20 de julio de 1936, se perdieron los lienzos que Borrell había realizado para el adorno del techo de la Basílica.

Del prestigio al olvido

     Pese a que sus obras parecieran situarle dentro de un ámbito Conservador, lo cierto es que Julio Borrell celebró la proclamación de la segunda república, el 14 de abril de 1931, con un gran tríptico, el cual fue incluso difundido a través de postales. Su declive artístico pudo deberse pues tanto al cambio de gusto y corrientes artísticas como a su manifestación política, ya que tras el comienzo de la Guerra Civil y la victoria del bando nacional su posición debió verse sumamente comprometida.

Julio Borrel, 14 de abril de 1931. Postal.

     Escasas son a partir de ese momento las noticias sobre él o sus obras. Sabemos que realizó varias exposiciones en Barcelona en los años 40, alguna de ellas, como la de 1944, al alimón con su hijo Pedro, también pintor, que tuvieron gran éxito y por las que «los Borrell están recibiendo muchas felicitaciones» (ABC, 18/11/1944).

     Falleció en Barcelona el 21 de octubre de 1957, dedicándosele tan sólo en los periódicos unas pocas líneas: «Ha muerto en esta ciudad, a la edad de ochenta años, el pintor don Julio Borrell. Entre sus obras más importantes figuran las pinturas de la Catedral y del Centro Español de Buenos Aires, y del Salón de San Jorge, de la Diputación de Barcelona» (ABC, 22/10/1957). Unas pobres palabras que desde luego no demostraban la gran importancia que tuvo el pintor dentro del panorama artístico de la última década del siglo XIX y de las tres primeras del siglo XX. Un pintor que tocó todos los géneros y que en sus trabajos demostró su dominio de las diversas técnicas pictóricas ya fuese al óleo, al pastel o el dibujo[2].

NOTAS DEL TEXTO

[1] FERNÁNDEZ GARCÍA, Ana María: Arte e Emigración. La pintura española en Buenos Aires, 1880-1930. Universidad de Oviedo, 1997, p. 161.

[2] Sobre Julio Borrell véase: BENEZIT: Dictionary of Artists. Vol. 2. Paris, Èditions Gründ, 2006, p. 893; Cien años de pintura en España y Portugal (1830-1930). Ed. Arnáiz, López Jiménez, Merchán Díaz, Morales y Marín y Rincón García. Madrid, Ediciones Antiqvaria, 1988. Tomo I, pp. 374-375 y GARRUT, José María: Dos siglos de pintura catalana (XIX y XX). Madrid, Ibérico Europea de Ediciones, 1974, p. 102.

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